¿Cuántas veces hemos rechazado un medicamento genérico porque pensamos que el precio es tan bajo que no nos va a servir? Lo cierto es que, a pesar de la notoria diferencia de costos, el criterio de bioequivalencia asegura la misma eficacia terapéutica.

Estos estudios de bioequivalencia demuestran que la biodisponibilidad de un fármaco es igual tanto en un genérico como en un medicamento de marca, cuya patente ya expiró.

¿A qué se refiere una patente expirada?


Cuando un laboratorio crea un producto farmacológico gracias a investigaciones y experimentos, se le profese una especie de “protección de innovación”, dándole un periodo de gracia donde sólo ese laboratorio puede comerciar con el producto durante 20 años (aproximadamente).

Una vez terminado el tiempo de patente, cualquier fabricante que cumpla las exigencias de calidad puede producir ese mismo medicamento. Aquí es donde nacen los medicamentos genéricos.

Mediante la denominación de “medicamento genérico” lo único que se exige es que se tiene que vender un 40% más barato que su homólogo de marca.

¡Ojo! Que sea barato no significa que tenga 40% menos de eficacia que el medicamento de patente, pues el genérico también debe demostrar su bioequivalencia con el medicamento de referencia, es decir, la intercambiabilidad entre el medicamento genérico y el medicamento original desde el punto de vista de la calidad, seguridad y eficacia.

Los costes de desarrollo de los medicamentos genéricos son más baratos porque ya no tienen que desarrollar una nueva molécula y no tienen que hacer ensayos clínicos, sino solo demostrar su bioequivalencia, con estudios muy exigentes. Por tanto, queda claro que la diferencia de precio no significa una disminución de la calidad.

En cualquier caso, si la eficacia de los medicamentos es distinta, es probable que quien haga ese cambio sea el mismo paciente y no el medicamento, ya que cuando se ingiere un fármaco, éste actúa diferente en cada persona.






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